sábado, 20 de marzo de 2010

Elegía a Nieves Rueda, por José María Araúzo, Presidente de Alcap

NIEVES RUEDA: UN EJEMPLO DE POETA

Con el fallecimiento de Nieves Rueda nos hemos quedado huérfanos de un ejemplo admirable de dedicación a la poesía. En su última etapa era la estampa perfecta y venerable de la poeta que ha vivido de un modo intenso esa vocación, que parecía además su profesión. Ha sido sin duda una persona prodigiosa por las obras publicadas y la organización de importantes actividades poéticas.
Pertenecía al grupo de poetas y amigos que fundaron ALCAP en 1982. Antes había publicado tres poemarios, Mis claveles (45), Blonda de Versos (53) y La voz en la mano (66) y se había ganado en Castellón una sólida reputación literaria resaltada por el mismo Bernat Artola en unas dedicatorias que ella guardaba como el mejor tesoro. Entonces fueron intensos sus contactos con Amigos de la Poesía de Valencia y numerosos sus premios, sus recitales y sus apariciones en la televisión. Buscaba una poesía presidida por el clasicismo, la exaltación del hombre y un cierto sentido pagano de la vida, con la llegada del amor, el éxtasis y la seguridad de la felicidad. En el 72 escribe Luz: Poemas Magdaleneros, una zambullida en el mundo extrovertido y multicolor de la Fiesta desde la atalaya del poeta ya hecho, que capta el arte escondido en lo más externo y aparentemente pasajero.

En la colección Alcap de Poesía publica Sonata de atardecer (86) poemario de plenitud, que le da un alcance nacional, de tal manera que la prestigiosa editorial Torremozas (solo para mujeres) se interesa por ella y le publica Reportajes de la armonía (99), obra de consumación, quizás su poemario más puro poéticamente hablando. Tres años después la misma editorial nos ofrece, como un regalo, Estuche de papel, que contiene a la Nieves Rueda total. Libro esencial para comprender a esta mujer de apariencia frágil, que ha perseguido siempre la belleza del arte.
Porque si hay un rasgo que pueda sintetizar la vida o el fenómeno Nieves Rueda es su relación con el arte. Es la suya una vida hecha arte, a partes iguales. Es decir, trémula mudanza del presente, tensión, amor, presentimientos, oscuridades (pocas, no es amiga de ellas Nieves), esperanza… Pero todo ello traspasado por el arte, o sea sometido a unas pautas embellecedoras, en cuanto evitan la dispersión y la palabrería. Nos lo repetía muchas veces en las tertulias: arte es precisión, elegancia, modelo moral, exigencia interior. El soneto podría ser el símbolo de su empeño vital.

Su poesía nos gusta por lo mismo que nos interesa: porque nos genera una inquietante certidumbre que nos pone ante nuestra identidad. No está hecha de retazos sino de rasgos de la máxima realidad: la suya, representada en ese estuche de aspecto delicado, que contiene la esencia de una serie tupida de constataciones: cariño, amor a la vida, rechazo de lo negativo, canto a la dicha y la alegría.

Ha conseguido vivir de una manera modélica, admirada por los suyos y por los amigos de la poesía. Su cortesía, su comportamiento afable y su discreción escondían una especie de exilio interior en medio de una época nada fácil, donde a cada uno se le obligaba abiertamente a tomar partido. Estaba enamorada de sus montes del Palancia, del olivo de nuestra tierra, de los cielos azules de la Magdalena, en los que supo ver un documento poético sobre el anhelo de trascendencia. Su obra y su persona permanecerán siempre a nuestro lado.

José María Araúzo
Presidente de Alcap

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