sábado, 28 de abril de 2012

Una puerta que nunca encontré, por Luis Rodríguez


Una puerta que nunca encontré
Trad. Juan Sebastián Cárdenas
101 páginas
Editorial Periférica

Comentario de Luis Rodríguez

Apenas he escrito media docena de reseñas y ya hay un denominador común: la dispersión. Así, he leído  Una puerta que nunca encontré pensando en Proust, en Faulkner, en Joyce, en Kafka y en el propio Wolfe y  la cercanía de sus artefactos literarios. Leyéndolos, cuesta creer que todo Proust y Kafka y seguramente lo mejor del resto se escribió en el primer tercio del siglo pasado. Que sus modos de entender la literatura, de expresarse, nos resulten tan contemporáneos es bifronte, permite dos lecturas con distinto significado según el sentido: nos lo parece  por la intemporalidad  sustanciada en la talla de estos autores, o quizá la literatura ha avanzado poco desde entonces.
          Thomas Wolfe (1900-1938) fue un escritor norteamericano al que su prematura muerte de tuberculosis no impidió que nos dejara una obra abundante compuesta por cuatro novelas, algunas muy extensas, novelas cortas, cuentos y obras de teatro. Quiso abarcar el mundo con su literatura en un esfuerzo totalizador que recuerda a Tolstoi y Balzac, y escribió mucho. Maxwell Perkins, su editor, corregía y podaba constantemente sus textos, se dice que llegó a quitar 20.000 palabras de las 30.000 que utilizó Wolfe para contar la despedida de Eugene Gant en la estación de Ashville en su novela El tiempo y el río. “ Nunca – dijo Perkins se hizo ningún corte sin la aprobación de Tom. El sabía que eran necesarios. Su impulso era expresar lo que sentía, y no tenía tiempo de revisarlo y abreviarlo”.
          Thomas Wolfe es un autor de culto en su país. Aquí, que se viene editando desde los años ochenta por Valdemar, Montesinos, Caralt y ahora Periférica, suele acompañarse, a modo de vitola de reclamo, con el comentario que hizo  William Faulkner, que lo consideró el mejor escritor de su generación, que era la suya, y en segundo lugar voy yo, dijo.
          Yo creo, pero no estoy seguro porque no he podido acceder a ella, que hubo una edición anterior de Una puerta que nunca encontré, publicada en 1990 por Caralt con el título No hay puerta y traducción de F.  Santos Fontela.
          Estamos ante una novela corta, estructurada en cuatro pequeños capítulos localizados, por este orden, en octubre de 1931, de 1923, de 1926, y finales de abril de 1928. El argumento es prescindible,  los meses de cada título no: octubre es el final del verano y muchos comienzos, abril es la primavera. Son relatos que pueden leerse como cuentos individuales, aunque no cabe duda de que unidos quedan muy potenciados.
          Todo el peso cae sobre el narrador  y las palabras, revoloteando sobre cualquier pequeño detalle; hay introspección, inquietud y deseo de explicar el mundo. Es una palabra poética, a veces una jaculatoria, fértil y precisa; lo leemos admirados, sobre todo el primer capítulo, como se leen los esfuerzos literarios únicos.
          Recurro a un párrafo del comienzo de El ángel que nos mira:
          Cada uno de nosotros es el total de sumas que no ha contado: reducidnos de nuevo a la desnudez y a la noche, y veréis cómo empezó en Creta, hace cuatro mil años, el amor que ayer terminó en Texas. La semilla de nuestra destrucción florece en el desierto, la flor que ha de curarnos crece junto a una roca, y una harpía de Georgia hostiga nuestras vidas, porque un ladrón de Londres se libró de la horca. Cada momento es fruto de cuarenta mil años. Los días se desgranan en minutos y zumban como moscas que vuelan de nuevo hacia la muerte; cada momento es una ventana sobre el tiempo.
          Creo que define bien lo que he encontrado en Una puerta que nunca encontré, la exploración del instante, el pequeño detalle como un despunte de la vida, la incesante búsqueda de la puerta.

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