martes, 26 de junio de 2012

Entre mi mujer y yo has estado tú presente, y eso me ha servido para darme cuenta de lo mucho que la quiero a ella.


La tercera persona, de Álvaro de la Rica

«Sí hay una cosa, siempre. ¿Sabes qué? Hay una tercera persona, que orienta las relaciones en la buena dirección. Esa es la verdad. Entre tú y yo ha estado siempre presente mi mujer. Entre mi mujer y yo has estado tú presente, y eso me ha servido para darme cuenta de lo mucho que la quiero a ella. La tercera persona. En toda relación hay que buscar siempre a la tercera persona. Es el único camino, la verdadera vida. Por eso yo solo espero que tú también la hayas encontrado.»

Hay afirmaciones tan contundentes que poco más cabe decir después de que uno las pronuncie. Ésta, sin lugar a dudas es una de ellas, una afirmación que sintetiza, a grandes rasgos La tercera persona, la ambiciosa novela que presenta estos días Álvaro de la Rica (Madrid, 1965) borda de manera singular las relaciones humanas y sobre todo, las complejidades que entrañan relaciones de pareja. Pero lo hace desde una perspectiva desacostumbrada: no parte de los dos integrantes de una pareja sino que construye su discurso desde los márgenes de la pareja, desde un elemento externo y supuestamente necesario para que la pareja exista: la tercera persona.

Existen las terceras personas. De eso estamos seguros y De la Rica, ciertamente, no es el primero en hablar de ellas. Sin embargo sí es el primero en ofrecer una tesis que tiene tanto de original como de perversa: hablar de un elemento percibido como una amenaza, como de algo necesario. En su narración, exquisita, llena de referencias literarias, el autor nos adentra en dos historias perfectamente hilvanadas y conectadas entre sí en las que conocemos a unos personajes aparentemente normales. Dichos relatos forman parte de un proyecto narrativo de largo alcance que se extiende en un total de nueve historias conectadas entre sí a través de un mismo protagonista. Aquí se nos presenta a Jacob, un hombre infiel, y a una mujer que le escribe una carta desde un tren, mensaje al que él responde de forma minuciosa. Hasta aquí nada del todo distinto a lo que hemos leído en otras ocasiones. Sin embargo, todo es diferente porque Álvaro de la Rica consigue algo que sólo los grandes novelistas logran hacer: nos atrapa, nos seduce. Y nos convence. Y lo hace porque sus personajes son honestos, tanto que nos olvidamos de que no son más que eso: personajes. Son hombres y mujeres corrientes a la deriva de unas vidas, quizás insatisfechas, que se han quedado atrapados en un vorágine de sentimientos.

La fidelidad, las convenciones, la dicotomía entre el deber y el deseo, o ese Dios que nos observa desde arriba juegan un papel importante en una narración que huye tanto de los tópicos como de los dogmas y que afronta sin el menor tapujo los temas más incómodos. La seducción, el sexo, el rechazo en el corazón de una relación que se supone íntima y amorosa. La tercera persona no se detiene en el retrato de ese hombre que le es infiel a su mujer y que se siente incómodo cuando un par de niñas preguntan por papá al otro lado del teléfono. No: la narración afronta los misterios de la seducción, el deseo encubierto en los juegos de complicidades que nos convierten, a veces sin quererlo, otras no, en terceras personas para alguien. O que nos pueden llevar a convertir a los demás en terceras personas.

De la Rica se pasea hábilmente por las habitaciones cerradas del corazón y desgrana unos vínculos cuya inconsistencia nos asusta porque en el fondo nos remiten a nuestra propia fragilidad y al final a la imposibilidad de conocer el verdadero sentido de las relaciones humanas más radicales.

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