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viernes, 20 de febrero de 2015

La montaña mágica, de Thomas Mann. Reseña a cargo de Luis Rodríguez. Escritor de La Soledad del Cometa y Noviemvre. KRK Ediciones



La montaña mágica
Thomas Mann
Trad. Mario Verdaguer                        
Plaza&Janés                              974 pág.
Trad. Isabel García Adanez
Edhasa                                      933 pág.


          Vaya por delante mi más profunda y sincera envidia a quien no haya leído La montaña mágica. Espero que esa suerte, vedada para mí, no cargue de tristeza la reseña.
          La montaña mágica arrastra una batería de lugares comunes: es una obra maestra, es extensa, ambiciosa, “de largo aliento”, habla del hombre europeo, cuenta la historia del joven Hans Castorp, quien visita a su primo Joachim Ziemssen en un sanatorio situado en los Alpes suizos, en Davos, pero lo que iban a ser unas vacaciones de tres semanas previas a su incorporación al mundo laboral se convirtieron en siete años.
          Thomas Mann había publicado La muerte en Venecia. Hablamos de 1912. Su mujer, Katia, se encontraba en el Sanatorio Wald, en Davos, donde estaba obligada a permanecer medio año para recuperarse de una dolencia pulmonar, al parecer  nada grave. En mayo, su marido la visitó con intención de acompañarla unas semanas. A los diez días, Mann contrajo un catarro. El médico, tras la auscultación, le recomendó que permaneciera seis meses en el sanatorio. No lo hizo, prefirió escribir La montaña mágica.
          El mundo de enfermos que se respiraba allá arriba – dijo Mann en una conferencia en la Universidad de Princeton en 1939 - es de una cerrazón tal y posee la fuerza envolvente que seguramente habrán experimentado ustedes al leer mi novela. Se trata de una especie de sucedáneo de la vida que logra, en poco tiempo, enajenar al joven y alejarlo completamente de la vida real y activa. Todo es, o era, suntuoso allá arriba, también la noción del tiempo.
          Thomas Mann quiso escribir un contrapunto humorístico de La muerte en Venecia. Fracasó estrepitosamente. El protagonista de La montaña mágica no es Hans Castorp, ni siquiera Settembrini o Naphta, ni mucho menos Joachin o Clavdia Chauchat; el protagonista es el tiempo, la conciencia del tiempo allá arriba, en el Sanatorio Internacional Berghof, es la muerte y la discusión intelectual, es el hombre en Europa, es un mundo que ya no existe. El protagonista es, sobre todo, la palabra; la palabra, con su pátina cultural, eviscerada.
               La montaña mágica se publicó en dos tomos en Alemania, en 1924. La primera edición española es de 1934, la tradujo Mario Verdaguer para Editorial Apolo, que ha podido considerarse canónica si tenemos en cuenta que es la utilizada en las múltiples ediciones que la han seguido. En el 2005, coincidiendo con el 50º aniversario de la muerte de Mann, se publicó en Edhasa con traducción de Isabel García Adánez. Entonces, para destacar esta, o con otra intención, se le reprochó a Mario Verdaguer que había vertido la obra de una traducción francesa (en España era frecuente encontrar textos de autores extranjeros, sobre todo rusos, no traducidos del original). Yo no estoy tan seguro; de lo que no hay duda es que Isabel ha tenido la ventaja natural de conocer la primera.
          En la conferencia citada, Thomas Mann, reconociéndose arrogante, hace una recomendación de cómo hay que leer este libro: hay que leerlo dos veces. Eso sí, retira de inmediato la exigencia a quien le haya resultado aburrida la primera lectura. Yo te exonero de leerla dos veces, pero te impongo la obligación de esperar a cumplir cuarenta años para plantearte su lectura. Cumplidos, no tengas prisa, ninguna prisa;  léela ahora, o dentro de veinticuatro años, cuando sea, pero eso sí, cuando te dispongas a ello, prepárate a sumergirte en uno de los artefactos intelectuales más poderosos, vastos y perturbadores que haya creado nunca un artista.

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