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Una autobiografía soterrada, de Sergio Pitol


Una autobiografía soterrada
Sergio Pitol
Editorial Anagrama
135 pag.

Comentario por Luis Rodríguez:

Si yo fuera envidioso podría caerme mal Sergio Pitol porque es amigo de Enrique Vila Matas, pero no es así porque estoy en deuda con él, y, además, no soy envidioso.

Le debo la traducción de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, un texto que no olvidaré jamás, y el conocimiento de Jerzy Andrzejewski y su traducción para Pre-textos de Las puertas del paraíso, un texto canónico para los talleres literarios; seguramente, una obra maestra.

Una autobiografía soterrada es un texto estimulante para un lector concreto, aquel que también escribe o le gustaría hacerlo; no es por falta de mérito, que lo tiene sobrado, sino por la propia materia.

Se recogen aquí cinco pequeños capítulos y un diálogo con el fallecido Carlos Monsiváis. Los primeros se presentan como anotaciones en un diario con importantes saltos temporales a criterio de Pitol, pues la intención de toda ella es comentar su proceso creativo desde los primeros cuentos a un tiempo reciente en que revisa su obra publicada. Hay que leer este libro con un lápiz en la mano, por todo lo que provoca. Prácticamente ya en la primera página leemos que el autor de cuentos se emplea desde el primer párrafo en adelgazar una o varias anécdotas; después, trata de mantener un lenguaje eficaz, con frecuencia elíptico. En el subsuelo de la escritura serpentea imperceptiblemente otra corriente: una escritura oblicua, un imán. Es el misterio: de esa corriente depende que el cuento sea un triunfo o un desastre. Nos habla de Chejov, dice que ya lo buscaba antes incluso de tener noticias de su existencia, y se une a él, cuando escribo, dice, confío plenamente en que el lector añadirá los elementos subjetivos que faltan en mis cuentos. Comparte con el lector sus contradicciones, cómo aspira a la invisibilidad y a la vez ha dedicado más de cincuenta años a escribir hablando empecinadamente de sí mismo. Nos habla de su literatura, dice que en el centro de todas sus tramas establece una oquedad, un enigma, en torno al cual se mueven los personajes; que la estructura de sus novelas es casi la misma, que utiliza varios relatores, unos veraces, otros no tanto, para contar la historia (en esto seguramente tiene algo que ver el citado Andrzejewski). Reconoce sus dificultades con los diálogos, escasos por esa razón en su obra, y responsables de su vocación de dramaturgo frustrada. O se sirve de la regla de Gide: No aprovecharse nunca del impulso adquirido, y un recuerdo de Félix de Azúa, que en una conversación con Chillida este le dijo que en su juventud se sintió de pronto sorprendido por la facilidad con que realizaba su trabajo hasta que, atemorizado por su extraordinaria destreza, se obligó a esculpir con la mano izquierda para volver a sentir la tensión de la materia, para prevenirnos de los peligros de la facilidad.

Por si todo esto no fuera suficiente, que lo es sin ninguna duda, qué agradable es leer este libro y detenerse, como un anciano ante un álbum de fotos, para evocar, sin ninguna prisa, cada una de las obras aquí citadas: La máscara de Dimitros, Lo que Maisie sabía, Tristram Shandy, El buen soldado, La verdadera vida de Sebastián Knight, El reino de este mundo…, porque, como dice Pitol, la única influencia de la que hay que defenderse es la de uno mismo.

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